¡Un quinquenio!

Si me preguntas te diría que me parece un siglo, pero sólo cinco años han pasado desde que inicié el viaje que cambiaría mi vida, de una forma definitiva. El viaje que me alejaría de todo lo familiar para enfrentarme a un mundo desconocido, diferente a todo lo que había vivido y al mismo tiempo, en muchos sentidos muy similar.

Dicen que los viajes tienen el poder de cambiar a las personas, y en eso estoy de acuerdo. Aunque no cambian tu esencia, los viajes sí cambian tu percepción del mundo y especialmente, son terapéuticos; maestros en el arte de enseñarte a conocerte- aceptarte- comprenderte mejor, y amarte a ti mismo sin condiciones.

Recuerdo vívida-mente mis primeros días en España. Venía con una maleta enorme, como quien empaca para comenzar una larga ruta, con la certeza de que la comenzará solo y reconociendo el temor que esto le causa. Llegué en pleno invierno y me alojaba en la Universitat Autónoma de Barcelona; un campus extenso ubicado en Bellaterra, a pocos kilómetros del centro de Barcelona y donde planeaba estudiar lo que sería mi primer máster. Aquel era un paraje rodeado de montaña y de verde; aún recuerdo el olor desconocido: a frío y a bosque, fresco, limpio. Recuerdo que en poco tiempo había recorrido gran parte de la ciudad y recuerdo haberme sentido “como en casa”, desde el primer minuto que comencé a andar sus callejuelas, en el Barrio Gótico, en la Barceloneta, en Gracia, todo parecía decirme: “¡Bienvenida, nos alegramos de verte!” Recuerdo la amabilidad de la gente, la extraña sensación de déjà vu, y en contradicción con ésta, el asombro constante.

He aprendido mucho durante estos años, no me cansaré de decirlo. He aprendido que nada es seguro y que cada pequeño paso hacia la superación personal viene cargado de sacrificios y de mucho empeño. He aprendido que no son frases hechas esas que anuncian que “la vida del inmigrante es muy dura”, es una gran verdad. He aprendido que lo más difícil de este viaje ha sido acostumbrarme a extrañar, a sobrellevar la melancolía y la tristeza, pareja que si se instala es capaz de paralizarnos. He aprendido que no todos los sueños pueden hacerse realidad, pero que éste no puede ser un motivo para dejar de soñar. He aprendido sobre todo a agradecer por las personas que me acompañan; las que siempre estuvieron, las que he encontrado en el camino y las que ya no están. He aprendido que el aprendizaje nunca termina, y también que somos un minúsculo conjunto de átomos si nos comparamos con la grandeza del universo (eso sin ponerme del todo filosófica) …y si continuara citando hechos, la lista sería inmensa e infinita. Sin embargo, por ahora me contento con tener un par de cosas más claras de lo que las tenía cuando llegué, con haber crecido y con saber que seguiré creciendo; con percatarme de que ésta historia, apenas comienza.

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